miércoles, 23 de diciembre de 2009

El consejero

Oscar  reflexionaba sobre la cercanía del éxito y la fama. Estaban allí, al alcance de su mano. Solo tenía que cumplimentar los pequeños y obvios requerimientos. Por un momento dudó acerca de cual sería la mejor opción, esta revelación le abría un nuevo panorama, amplio y prometedor. En ese instante necesariamente tuvo que decidir y esa fue, tal vez, la decisión mas importante de su vida. Optó por la llave, por la madre de todas las oportunidades. Como quien pide el último deseo a un genio mezquino, paladeo cada detalle de su elección, lo contrastó con las demás opciones y repasó una y cada una de las variantes que en su momento se le habían ocurrido.
    Era consciente de que estaba ante una visión no compartida, inimaginable para los mortales que lo rodeaban. Contemplaba a sus semejantes vagar a tientas en un mundo plagado de contratiempos, rechazos y frustraciones, como ciegos en un laberinto caprichoso. No tenían posibilidades. Emprendió la tarea con el ánimo de quien es rescatado ileso en un naufragio, sintiendo en cada pulso que todo estaba por venir, que tenía todo el tiempo del mundo y que la cosecha sería abundante. El éxito lo esperaba y el recorría cada pasito con seguridad, disfrutando el progreso a cada instante con la tranquilidad que da la certeza de acercarse en forma irreversible a la meta, sin gasto, sin esfuerzo, como un maratonista que no se cansa y disfruta la llegada a la meta con una sonrisa, respirando pausado.
    El tiempo de bonanza se extendió como los veranos de la infancia, cada día atendía mas y mas peticiones. Sus servicios eran los mas codiciados en todos las formas y por todos los medios existentes, sus detractores tempranos eran sus mayores admiradores, quienes se encargaban de divulgar cada uno de sus aciertos. La propaganda ,como una reacción en cadena, parecía crecer descontroladamente y su fama se alzo hasta transformarlo en un mito. Existió gente que descreía de su existencia real,  una leyenda viviente a la que todo ser humano sobre la faz de la tierra quería acceder. Lo llamaron el "consejero", fue traducido a todos los idiomas, consultado por gobernantes y sabios, por deportistas y hasta por periodistas. Sus consejos se habían convertido en la panacea que ponía fin a vidas torturadas por el fracaso, convirtiéndolas en otra cosa, digna de vivir. Trabajó mucho y su vida se había transformado en la de un hombre santo, cada día veía como sus seguidores lo alababan y se deshacían en atenciones para manifestarle su agradecimiento. Caminaba entre algodones, era inalcanzable y por momentos se sintió divino.
    Como toda estación, incluso las de la infancia, el verano pasó. Sin saber como, la atención decayó. Se hizo menos importante, menos necesario, menos famoso. Su entorno se fue disgregando, lentamente, casi con vergüenza retomaban sus vidas y se alejaban respetuosos. Al principió creyó que era algo temporario, pero  fue una tendencia que se afirmó y se transformó en algo innegable, estaba solo, anónimo, olvidado.
    Antes de que el dolor se hiciera costumbre, sacudió sus huesos y retomó el viejo camino de la rutina de todos los mortales, tenía en su haber la experiencia inigualable del fuego del éxito y del hielo cruel del olvido. Vivió algunos días comúnmente, cumpliendo obligaciones comunes, divagando entre entrentenimientos varios.  Cuando se encontraba con gente conocida evitaba los insoportables retornos a la vieja época, tenía una firme decisión de no reincidir en reflotar viejas rutas. De no querer retomar caminos cerrados, por suerte algún amigo de antaño le brindaba compañía desinteresada y amena.
    Comenzó a disfrutar la sensación de felicidad profunda de cada logro minúsculo, cotidiano, repetible. Cada mañana festejaba alegremente el haberse levantado, saboreaba el primer mate como si fuera un manjar, hasta hacia muecas de placer estando solo. Cada mínimo suceso cotidiano lo alegraba, sabía que no le costaban nada a su suerte, que eran repetibles. Podía ser feliz cada día de su vida, sin despertar envidias, sin opacar a nadie. Solo tenia que saber mirar.
    Sus días transcurrían en tranquilidad y solo revivía la vieja emoción de antaño cuando en los retornos del trabajo, camino a casa, garabateaba en el borrador de su libro: "Como sobrevivir al éxito sin fracasar....".


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